Y después de Bin Laden…

 

Polémicas aparte, cuarenta y ocho horas después de conocerse la noticia sobre la mortal operación norteamericana contra Osama bin Laden, cabe preguntarse si más allá de la evidente influencia que tendrá en la política interna de Estados Unidos, servirá también para facilitar una salida negociada a la compleja y enquistada guerra en Afganistán. Expertos locales, [...]

tanto afganos como pakistaníes, analistas occidentales y periodistas en la zona coinciden en apuntar que la respuesta está, en gran parte, en la estrategia futura por la que opte la Casa Blanca. A nadie se le escapa que la desaparición del hombre que atormentaba el sueño americano con pesadillas de torres abatidas le permite emprender la retirada bajo la pancarta de “misión cumplida”. Sin embargo, quizá también se halle ante una oportunidad inmejorable de contribuir a la estabilidad en una zona en la que desde hace más de 300 años se escucha el clamor de las armas. Y en la que fracasaron tanto el imperialismo colonial británico como el comunismo imperial ruso.

Varios movimientos previos a la audaz misión del “Comando Seis” en la mansión de Abbottabad arrojan ciertos rayos de esperanza. En los últimos meses, casi todos los grupos implicados han hecho algún tipo de guiño al diálogo. Pakistán y Afganistán han creado sendos comités de alto nivel con ese objetivo, y lo más relevante, los han dotado de personas con influencia: oficiales de alta gradación, políticos locales, diplomáticos, etc. Desde el departamento de Estado, la propia Hillary Clinton ha admitido que se ha intensificado la acción diplomática e incluso el partido opositor Hizb-e Islami se ha mostrado dispuesto a entrar en el proceso siempre que se mantenga inalterado el objetivo: formar un gobierno de unidad nacional en el que todos los grupos aparezcan representados.

Islamabad, pieza clave en el proceso, ha rebajado la presión y dejado entrever cierto atisbo de flexibilidad. El objetivo principal del gobierno pakistaní ha sido siempre el establecimiento en Kabul de un sistema cohesionado que convierta a Afganistán en un colchón frente al enemigo indio. Pakistán anhela garantías de que su frontera oriental no se convertirá en el futuro en una región porosa por la que la India pueda filtrarse. También ha exigido a las autoridades afganas que reconozcan la llamada “Línea Durand”, trazada por el colonialismo británico, y que separa a ambas naciones. Diplomáticos occidentales en la zona señalan que, aunque no ha renunciado a estas metas, ha dado muestras en las últimas semanas de más comprensión. Al hilo de este argumento, todos los grupos parecen concidir en un aserto fundamental. El Afganistán futuro debe ser un estado unido, sin fisuras territoriales que puedan generar nuevos cantones.

La barrera principal es aún, no obstante, la falta de confianza. Desde la prensa estadounidense se sugiere que tanto en el Pentágono como en la Casa Blanca existe un agrio debate sobre las intenciones de Islamabad, y sobre todo si Pakistán puede ser considerado un socio fiable para la estabilidad en la zona. La historia reciente de las relaciones entre ambos países parece pesar.

Igualmente se duda del grado de compromiso que pueden alcanzar los Taliban, pese a que los mensajes enviados en los últimos meses por algunos responsables de la milicia exhalan cierto aroma de acercamiernto. Semanas atrás, Abdul Hakim Muyahid, antiguo representante Talibán ante la ONU y miembro del Consejo Supremo para la Paz, fundado por el presdiente Hamid Karzai y que incluye a radicales y señores de la guerra, reveló que Turquía había ofrecido al grupo abrir una oficina en su territorio con el objetivo de facilitar la integración en el proceso. Al parecer, muchos talibán estarían dispuestos a sentarse a la mesa, pero recelan de abandonar sus zonas seguras ante el temor de ser detenidos.

Un segundo foco de sospecha reside en la división generacional que comienza a percibirse en el seno de la milicia. La exitosa estrategia militar diseñada por el general estadounidense David Petraeus se han centrado en la eliminación de mandos intermedios para tratar así de segar el hilo conductor. Arriba, los talibanes más experimentados albergan ciertas perspectivas políticas; abajo, las generaciones más jóvenes (de talibanes) siguen aferrados a una sola idea: yihad contra el infiel.

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